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Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.
Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.
Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.
Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.
Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.
Si alguien tiene la mala fortuna de sufrir un daño, la reacción de quien lo observa suele ser de pena o tristeza. No obstante, hay ocasiones en las que el daño de otro produce alegría. Esta emoción, que no tiene un nombre en español, en alemán se denomina schadenfreude. La importancia de reconocer estas emociones, pena y schadenfreude, es que están relacionadas con el comportamiento. Así, por ejemplo, al sentimiento de pena es probable que le siga un comportamiento de ayuda, pero ante la emoción de schadenfreude es probable que no ocurra. Algunos factores provocan pena o schadenfreude hacia las personas, por ejemplo, si alguien tiene malas intenciones y al querer conseguir su meta sufre alguna desgracia, es más probable sentir schadenfreude que pena.
Con la finalidad de conocer a qué edad los niños mostraban estas emociones de schadenfreude y pena (y su intensidad), un equipo de investigadores planteó estos dos escenarios: (A) cuando el protagonista de una historia tenía una meta negativa (intenta golpear a otro) y en ese empeño sufría un daño (p. ej., una fuerte caída) y (B) cuando el protagonista de la historia sufría la caída al procurar un beneficio para otro (alcanzarle un objeto) -meta positiva o buena. Un segundo objetivo fue conocer la disposición para ayudar al personaje en cada escenario. Las expectativas de los investigadores eran que los niños desde los cuatro años sentirían schadenfreude, ante el daño del protagonista, en la condición (A) y pena en la condición (B). Asimismo, pensaron que estarían más dispuestos a ayudar al protagonista en la condición (B) que en la (A).
Participaron 100 niños de 4 a 8 años (50 % niñas), seleccionados de colegios voluntarios para el estudio. La mitad de la muestra fue asignada aleatoriamente a escuchar cuatro historias con metas negativas (condición A) -dos personajes de cada género- y la otra mitad a escuchar otras cuatro historias con metas positivas (condición B) -dos personajes de cada género-. Las 4 historias que escuchaba cada niño se presentaron en orden aleatorio.
Una vez que los experimentadores contaban cada historia -presentada con dibujos-, los niños debían responder con una escala de 1 a 7 a las siguientes preguntas: ¿Cuánta pena te da que se caiga X (nombre del protagonista)? ¿Cuánta alegría te da que se caiga X? ¿Cuánto te gustaría ayudar a X? Los resultados revelaron que los niños sentían más pena y menos schadenfreude en la condición de metas buenas que malas; asimismo, indicaron que les gustaría más ayudar al personaje con metas buenas que al que tenía metas malas. Con respecto a la edad, a mayor edad sentían más pena y les gustaría más ayudar al personaje y menos schadenfreude en la condición B), pero no en la condición A). Los autores concluyen que los niños desde los cuatro años son capaces de relacionar las emociones que sienten por las personas en función de sus metas o intenciones; asimismo, la intensidad de estas emociones se ajusta con la edad.

